El cuerpo de las mujeres (Primera parte)

¿Alguna vez os habéis preguntado a quién pertenece el cuerpo de las mujeres? Pues es eso precisamente lo que vamos a tratar de repensar y analizar a través de dos artículos que publicaremos en el blog. Mi respuesta es, de una manera resumida, que el cuerpo de las mujeres (y esto es difícil de creer al principio) no es suyo, no les pertenece, o al menos no se les permite que así sea. Y esta idea traspasa fronteras, atraviesa culturas y se instaura en todas las sociedades manifestándose de formas distintas. El cuerpo de las mujeres se moldea, se estructura, se utiliza, se emplea para el uso y disfrute de los demás (y empleo el masculino apropósito).

avueltasconelsexo.wordpress.comDesde niñas, experimentamos situaciones y recibimos mensajes que nos dicen cómo debe ser utilizado nuestro cuerpo, y ya desde el mismo nacimiento alguien decide por nosotras que va a perforar nuestras orejas, sin nuestro consentimiento, porque es la forma de establecer una “marca” en nuestro cuerpo que anuncie a la sociedad que somos mujeres. Y qué necesidad hay de generar esta distinción, os preguntaréis. Pues racionalmente, ninguna, sin embargo, las cosas no surgen porque sí, y la cultura comienza a marcarnos con un fin. La asignación de espacios, características, roles, formas de pensar…en función del sexo es lo que se conoce como género, en el que los comportamientos “naturales” de los grupos (mujeres y hombres) se acomodan a lo que marca la cultura. Se trata, por tanto, de la construcción social de lo femenino y lo masculino. Así, sí se determina, por ejemplo, que el bebé humano es una mujer, comenzarán a crearse expectativas de cómo ha de comportarse, cómo debe pensar, a qué debe dedicarse… Cómo debe ejercer su rol, en definitiva. Por lo que la educación que recibirá estará sesgada por estas creencias previas en las que se le han asignado características que no posee de forma natural (tales como dulzura, empatía…), pero que, por el contrario y gracias a los esfuerzos de la sociedad, adquirirá para poder ser “aceptada”.

En este contexto es donde se forjan las jerarquías entre hombres y mujeres; una asimetría que se naturaliza, que se invisibiliza. Que se normaliza, en otras palabras. Y se trata de una jerarquía porque lo masculino cuenta con mayor relevancia y prestigio social que lo femenino (triunfa la valentía, la fuerza, el liderazgo o la racionalidad, frente a la dulzura, la empatía o la emotividad), que se mantiene en segundo plano. No olvidemos que nuestras sociedades imponen los conocidos como “mandatos de género” en los que las mujeres son las encargadas del cuidado (en toda su extensión, porque poseen características “naturales” para ello) mientras que los hombres son educados para ejercer su papel en el espacio público, que es el espacio del poder y toma de decisiones (leyes, política…) y el único reconocido socialmente. Sobre estas distinciones se estructuran nuestras sociedades y todos los actores contribuyen a perpetuar los roles de género (la Iglesia, el Estado, la literatura, la ciencia, las canciones, las películas, los hombres y/o las mujeres,…) para garantizar el mantenimiento del sistema. ¿Y cuál es su estrategia?: El control y apoderamiento del cuerpo de las mujeres.

Tras la primera marca de género llegan las demás, y comenzamos a recibir mensajes como estos: “Qué niña más cochina enseñando las bragas. Tápate”. Estos mensajes, que pasan desapercibidos para la mayoría, nos están señalando que no podemos enseñar lo que queramos y donde queramos, porque si lo hacemos somos unas “guarras”. ¿Cuántos niños han escuchado algo así?

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La vestimenta de las niñas es otro modo de control y moldeamiento, pues por encima de lo práctico prima lo estético. Premisa que vamos a mantener a lo largo de nuestra vida (“Para presumir, hay que sufrir”). La ropa sirve para “embellecernos”, y recibimos toda una serie de refuerzos en esta línea: “Qué guapa estás con ese vestido”, “Qué alta y que guapa. De mayor vas a ser modelo”.

El peso de lo estético en nuestra cultura se instaura tanto en mujeres como en hombres, pero pecaríamos de inocentes si pensásemos que esta presión que ejercen nuestras sociedades se mantiene en un plano equitativo (“El hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso”). Este mandato se prolonga, de hecho, hasta la vejez, donde las mujeres son invisibilizadas de los medios de comunicación, cine, publicidad… y de ahí la obsesión por mantenerse eternamente jóvenes (los hombres son maduritos interesantes). Para las mujeres ser bellas es garante de éxito. De hecho, no se concibe que una mujer pueda triunfar plenamente si no es bella, y ella misma se castigará varias veces (y el sistema otras tantas más) si no se aproxima, en la medida de lo posible, a lo que se conoce como el “prototipo ideal de mujer”, el cual impone nuestra sociedad.

avueltasconelsexo.wordpress.comSe trata de un modelo único de belleza (90-60-90, joven, blanca, con los ojos y el pelo claro) establecido en función de sus criterios (masculinos) y pensado para el agrado y disfrute de otros, aunque dicho modelo ignore la realidad, volviéndose a apoderar de nuestros cuerpos. De esta forma consiguen que odiemos nuestras caderas, nuestro pecho, nuestra piel, nuestros ojos. Consiguen, incluso, que lo cambiemos, que lo dañemos, que pongamos en peligro nuestra propia vida por acercarnos a él. La anorexia, la bulimia, la cirugía estética u otros ejemplos macabros, tal y como la extirpación del dedo meñique para lucir sandalias o la deformación absoluta de los pies (y de todo lo que repercute con esta práctica) de las mujeres chinas para adaptarse a la talla que se exige, dan pistas de las atrocidades que llegamos a cometer.

Esto es sólo un pequeño acercamiento a un tema tan complejo como es éste, una pequeña pincelada con la que os invito a reflexionar de manera conjunta. ¿Seguís pensando, de verdad, que a las mujeres nos permiten ser las dueñas de nuestros cuerpos?

Diana Abad Rodríguez


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